Aquel también tiene el modito este.

Cuando se habla de trabajo comunitario, tácitamente se alude a otra comunidad: la de los que hacen intervención.

Y es que por violento que suene la palabra “intervención”,  varios coinciden en que así sucede, es decir, se irrumpe en una comunidad o grupo social con la intención de cambiar el satus quo.  De entrada hay un supuesto: que la situación social imperante o algún elemento de esta no es el conveniente.  Pero la conveniencia  se decide de una evaluación, un valor y una escala de valores que forzosamente tienen una parcialidad. Por lo menos hablamos de dos visiones antagónicas, incompatibles o incompletas.  Así que “llegar sin supuestos” suena difícil, sino que  imposible.

La entrada a comunidad  (localidad o grupo social) ya está acompañada de una crítica previa y de algún proyecto de cambio posible, las dos pueden ser igual de ingenuas y por lo tanto de complicadas o riesgosas.  Ya el bagaje cultural, académico, práctico, etcétera va echo bolas en la “mochila invisible”, que carga quien hace intervención, con buena voluntad en el mejor de los casos o con alevosía en el peor de estos.  Hay un posicionamiento casi inconsciente que dirigirá la práctica a un proceso educativo, de facilitación, de dirección, de re-ordenamiento, de agitación social, de corrección, de prevención  o un sinfín de posturas que se podrían asumir.

Al final del día, hay un actor externo  en la mitad de la comunidad, que cuestiona lo que parecía  natural, lo que nadie se preguntaba y más aun que cree tener alternativas para mejorar tales o cuales circunstancias (dicho así hasta suena mesiánico).   Todo parece claro. Tiene las maneras de hacer un diagnóstico, de crear un plan de intervención, de generar proyectos, de evaluarlos, de sistematizar la experiencia, de formar organizaciones locales sustentables  y autogestivas, de teorizar y escribir artículos destinados a otros que comparten sus prácticas,  de exponer en foros de profesionales sus resultados.  Solo hay una omisión: ¿dónde quedaron los actores locales? Sí, solamente  se omitió  preguntar  a los mismos que se debe en su trabajo, si la intervención es necesaria o pertinente.

Cuando está presente eso que llaman  reflexividad  y se cuestiona la misma práctica, muy probablemente el agente externo (aquel que hace intervención) estará igual de desarropado que al principio.

No es posible el trabajo comunitario sin personas con nombre y apellido, y más aun sin preguntas que lo lleven a un posicionamiento ético y político, cualquiera que este sea. Todos los caminos lo llevarán tarde o temprano a asumir una postura consciente  en su quehacer. Luego de un rato andado podrá mirar  los ímpetus, la ingenuidad, o lo ventajoso de otros que llegan  a esta u otras comunidades.

En la comunidad de los que deciden generar procesos comunitarios hay coincidencias sin duda, pero si hay algo imprescindible, es el aprendizaje de que no existen posturas únicas y verdaderas, pero se puede optar por las éticas y comprometidas.

No es difícil (re)conocernos, basta con mirar atentos para saber cuándo “aquel también tiene el modito este”

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